El poder de manejar la piñata

Durante las pasadas fechas decembrinas fui invitado a una posada, casual, lo extrañaba puesto que el año pasado estaba en Europa y no disfruté del bullicio de fin de año propio sólo de México (posadas, cohetes, silvatos, cantos, etc). Ya saben, todo iba bien, una posada en donde el acto principal se deja al último: la piñata. Se prepararon dos de ellas con lo esencial para que todo fuera perfecto, hasta se omitieron naranjas o mandarinas que siempre terminan apaleadas y aguadando la piñata misma.
Total que a la hora de los voluntarios fuí el primero en levantar la mano, tampoco había muchos hombres y se veía que los demás no habían tenido mucha experiencia (de esos que usaban crema en las manos suaves y tersas) y procedí a enredar el mecate (esos que raspan como zacate) en la piñata y subí a una escalera y desde el descanso moví la piñata.
Fueron aproximadamente 20 minutos de sana diversión, más que para los niños, lo fue para mí. Es el único momento en el que a los niños se les permite golpear libremente algo, pero también el único momento en el que un adulto puede acercar y retirar el objeto de deseo de un niño (bueno y es que si lo haces con un dulce o una paleta te van a decir que eres cruel, que no seas malo y todo eso…).
Total que apliqué la de elevar la piñata, quitarla justo antes del golpe y la mejor, le cae encima al niño cuando menos lo espera, obviamente era de cartón así que no pasa nada.
Terminó la piñata, muy maltratada, así que fue detenida y rasgada por otro adulto, los dulces salieron volando y todo mundo fue feliz.

Entonces bajé y nadie reparó en ello, todos estaban absortos en la piñata y yo… termiaba de disfrutar el poder que por un momento tuve en las manos, por lo menos hasta el siguiente año.

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